Aclaratoria: El desprecio de los caraqueños por Caracas

3 Julio, 2015 - Ricardo Del Bufalo

libreria escombros

En vista de los comentarios que desató mi artículo “El desprecio de los caraqueños por Caracas”, y de la molestia que generó en algunos amigos, quiero hacer algunas aclaratorias.

Les soy completamente sincero. No quería aclarar nada. Pienso que el texto debe hablar por sí mismo. Pero creo que el criterio de brevedad para Internet y el estilo “humorístico” hizo que dejara pasar por alto algunos puntos importantes que levantaron costras. Decidí hacerlo, entonces, porque no quiero se me malinterprete.

Aclaro de entrada que mantengo mi punto de vista y no me arrepiento ni me disculpo por lo que escribí. Debo reconocer que tantas reacciones de molestia me hicieron dudar de mis argumentos. ¿Será que estoy equivocado?, me pregunté todo un día. Releí mi artículo, pero estuve de acuerdo. Releí los comentarios. Me di cuenta de algo importante: ningún usuario se ofendió porque yo dije que despreciaban la ciudad. En cambio, les pareció insólito que yo no dijera que Caracas es despreciable.

Eso reforzó mi punto de vista.

Sin embargo, todavía sentía que estaba equivocado. Esa inquietud me hizo volver a varios textos que hablan de Caracas. Volví a “Catia”, de José Ignacio Cabrujas y me metí en sus fascinantes memorias de infancia en el barrio; releí “La ciudad y el deseo”, de Federico Vegas y encontré un apasionante análisis literario y arquitectónico de la ciudad; y revisé “El significado de Caracas para sus habitantes”, un ensayo sociológico bastante revelador de Silverio González.

En los tres textos, se admite expresamente el desprecio que se siente por la ciudad. No soy el único que lo dice, pensé. Pero lo valioso es que los tres autores, vale decir caraqueños, manifiestan su profundo amor por Caracas tal y como es, a pesar de que saben que puede ser más. Y eso es lo que los motiva a escribir, a pensar.

Precisamente, ese “puede ser más”, fue un argumento recurrente contra mi artículo: la ciudad no es lo que puede ser y por eso mi desprecio o mi frustración; lo mío no es complejo de superioridad, es deseo de superación. Los caraqueños anhelan la Caracas próspera del pasado. Allí supe cuál era el sentimiento que hizo levantar las costras: el profundo despecho por la Caracas buena y bella que dejó de ser.

Entiendo el significado del pasado glorioso caraqueño; hasta yo destaco el valor del patrimonio de la UCV. Pero si lo pensamos bien, esa Caracas de los modernos urbanismos no debe ser añorada. Porque aunque la ciudad se vistió de grandes edificaciones y autopistas, al mismo tiempo creó uno de los cinturones de exclusión y marginalidad más grandes del continente. En otras palabras, la modernidad no le quedó bien a Caracas. El vestido le quedó varias tallas más grandes, o más pequeñas, como se quiera ver.

Y aquí entra el concepto psicológico de mojón mental, que fue lo que más ofendió. ¿Por qué hablo de un complejo de superioridad? Lo repito: porque uno es lo que es, pero los caraqueños tienen miedo de asumirse tal cual son. Pero no sólo son los caraqueños. Los barquisimetanos también. Renegamos de Barquisimeto por ser un pueblo, a pesar de que es la ciudad musical del país, que ha criado genios universales como Antonio Lauro, Alirio Díaz y Gustavo Dudamel y genios locales como El Caimán de Sanare. (No sé a cuántas ciudades más de Venezuela se pueda extrapolar esta actitud de desprecio. ¿Serán los maracuchos los únicos que salvan?) El hecho es que nuestro amor por la ciudad se expresa como desprecio por no ser lo que puede ser. Nos frustra que no nos haya llegado el desarrollo. Desarrollo que creemos merecer.

Aquí entramos al corazón del asunto, que fue lo que dejé pasar por alto en el artículo. ¿Cuál es el desarrollo que queremos? ¿Edificios y servicios públicos y seguridad y autobuses con wifi? ¡Claro, ¿por qué no?! ¡Que nos llegue la tecnología! La buena vida es posible, y ocurre en este preciso instante en muchas ciudades de mundo. ¿Por qué no la podemos tener nosotros, entonces? Tal vez porque no es nuestra esa vida, como no es nuestro el modelo socialista que intenta ordenar nuestra sociedad.

Creo que se nos ha demostrado que la modernidad no es lo nuestro. Pero aún así la seguimos anhelando. Ese es el mojón mental. Creer que uno es moderno, o que uno merece la modernidad, y que el problema es “la gente” o Caracas. Pero uno es “la gente”, uno es Caracas. Uno es lo que es.

¿Eso significa que debemos conformarnos con el subdesarrollo? No y mil veces no. Significa que tenemos que buscar otras vías de desarrollo para la convivencia, partiendo de lo que somos, de nuestras apetencias, de nuestra manera de vivir. ¡Pero cómo convivir en el reino de la arbitrariedad! ¿Cómo se puede convivir con un motorizado al que no le importan las leyes de tránsito y que agrede sin sufrir represalias? Allí está el reto. Tal vez la ciudad no está hecha para los motorizados y ellos demandan a gritos ser incluidos.

¿El problema son ellos o la exclusión? No hay respuestas sencillas.

Cada uno de los comentarios hizo evidente el desprecio —o el despecho— por Caracas. Ninguno lo ocultó, aunque algunos lo intentaron. Todos los usuarios dijeron que Caracas era una mierda y que yo era el que tenía el mojón mental por no querer verlo.

Eso refuerza mi punto de vista: Caracas no es una mierda. Hay mierda, sí, hay mucha mierda. Pero tiene cosas realmente valiosas y están siendo injustamente invisibilizadas.

Caracas es una ruina. Y los caraqueños ven la ruina con desprecio. Yo, quizás porque no soy caraqueño, porque tengo una mirada foránea, es que veo algo valioso dentro de la ruina. Simplemente porque lo busco, como quien busca cosas de valor entre los escombros de una casa derrumbada por un terremoto. (No soy el único forastero que ve lo positivo, el estudio de Silverio González revela que de 57 personas entrevistadas, solamente 5 dicen únicamente aspectos positivos de Caracas, y de esas 5, 4 vienen de ciudades del interior).

Quizá los caraqueños están dolidos porque han vivido el trauma del terremoto —metáfora infeliz, porque esta es una ciudad de terremotos— y a mí también me duele el deterioro progresivo de nuestras ciudades, de nuestro país. ¡Pero justamente eso me hace celebrar cualquier centro de arte, cualquier teatro, cualquier perrero, cualquier empresa! Me enorgullece cualquier persona que tenga algo de esperanza activa.

En resumen, mi opinión es que las cosas de valor no están por encima de la ruina como burbujas. Están dentro de Caracas, de Venezuela, resistiendo e incluso sobreviviendo en ella orgánicamente, a pesar de las adversidades. Mientras yo —como muchos— intento buscar entre los escombros algo que valga la pena rescatar, sobre lo cual poder reconstruir la ciudad y la nación, otros prefieren seguir enfocándose —y lamentándose— en la ruina.